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No es una metáfora

SYRIZA

“En un club como éste, agotar las vías de negociación y convocar un referéndum de ‘sí o no’ es cerrar las puertas y creo que Grecia tendría que pensárselo y rectificar esta decisión”. Estas declaraciones las hizo ayer el ministro español de Asuntos Exteriores ¿y Cooperación?, José Manuel García-Margallo, a cuenta de la decisión de Tsipras de consultar a su pueblo sobre la última oferta de los acreedores internacionales. Oferta cuyas condiciones, de hacerse efectivas, harían prácticamente imposible el cumplimiento del programa de gobierno elegido mayoritariamente por el pueblo heleno en las últimas elecciones. Que no es otro que el programa de Syriza. Pero ya se sabe, a los radicales hay que exigirles un programa claro y sólido de antemano. Y exigirles después que lo incumplan.

El caso es que Margallo volvió a hablar de Europa como un club, y no es la primera vez. Son ya numerosas las declaraciones de dirigentes europeos que insisten en que cuando uno forma parte del club de la UE, hay que cumplir sus reglas. Tanto lo dicen, que empezamos a pensar que lo del club no es una metáfora. Por cierto, metáfora es una palabra de origen griego que podemos traducir por desplazamiento o traslado.

Y ciertamente, hay un claro desplazamiento: de la Unión Europea al Club Europa; de una comunidad de estados miembros, a un club privado con derecho de admisión; de los valores y principios comunes europeos, como la democracia y el estado del bienestar, a las reglas que marcan los dueños del club, que no son todos los que van al club. En los clubs de bien ya se sabe: hay socios de primera y de segunda. Y luego están los que sirven las copas. Por tanto, tampoco es cierto que las reglas sean iguales para todos en el club.

No todos los socios, repetimos, son iguales. Que se lo digan a Alemania, o mejor dicho, a la banca alemana, que hoy no sería la gerente del club si la comunidad internacional, incluyendo a Grecia, no hubiera perdonado al país germano más de la mitad de su deuda externa acumulada durante el período de entreguerras y la postguerra. Esta decisión se tomó en los Acuerdos de Londres de 1953, que sentaron las bases para el posterior “milagro alemán”. Un milagro que tenía una explicación bastante terrenal: los acreedores sabían que para que Alemania pudiera pagar su deuda, había que facilitar el crecimiento del país. Así se decidió; así se hizo el milagro. Hoy Grecia pide un trato similar, pero el gobierno alemán, que viene a ser el secretario del gerente del club, parece que cree en otra religión distinta. Porque es creencia, bastante irracional por cierto, sostener que arruinando a los helenos conseguiremos que nos devuelvan el dinero.

Pero ya se sabe, las reglas en los clubes privados no las marcan la democracia o el sentido común. Aquí hay otros valores. Otra tradición. Que no se puedan usar calcetines blancos o pantalones cortos para entrar en las sala principal, o que haya que ser a la fuerza cofrade de la Hermandad del Santo Beneficio Financiero para adquirir la condición de socio Premium, no es algo que se haya elegido democráticamente. Básicamente porque esto no es una democracia, sino un club de gente de bien. Algo muy similar a lo que debía ser Versalles poco antes de la toma de la Bastilla. Y no es una metáfora.

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